Segunda cuarentena: la obediencia (no) es ciega

José Ignacio Beteta Bazán

Por: , Presidente de la Asociación de Contribuyentes del

En el ámbito religioso, entre monjes, sacerdotes y religiosas, el principio de “obedecer ciegamente” nunca fue ni es lejano. Al contrario, el acto de obediencia de parte de una persona que ha consagrado su vida a Dios es uno de humildad y sacrificio, porque entiende que perderlo todo en esta vida -incluso algo de su voluntad y razón- implica ganarlo todo en la siguiente. Esto no quiere decir que su obediencia sea un “movimiento ciego del espíritu” como dice el Catecismo, pero digamos que la obediencia religiosa termina siendo un acto virtuoso casi en sí mismo.

Hace siglos, definitivamente, esta concepción alimentaba la política. En tiempos de monarquías hereditarias, ungidas por Dios, la obediencia del súbdito se convertía de alguna forma en un acto cuasi religioso. Obedecer al rey, quien encarnaba la voluntad divina, era un acto virtuoso, y por lo tanto desobedecerlo un pecado y un delito sujeto a castigo. No podemos juzgar el pasado con nuestros ojos. Otras épocas, diremos.

Así, cuando nace la idea de un contrato social y un Estado moderno (siglo XVIII), sus precursores y próceres buscaron convertirlo en algo tan o más poderoso que la institución monárquica y la eclesial. Y así debía ser. Si ibas a extinguir las monarquías divinas, debías mostrarle al pueblo que el nuevo orden era mucho mejor, más virtuoso, tan divino y espiritual como el anterior. El Estado moderno es la nueva “voluntad divina” y encarna el designio de la razón y la naturaleza. Al estado moderno hay que obedecerlo, y sí, ciegamente.

Ahora pensemos en nuestro debate político. Recuerdan qué se dice, cómo hablan nuestros políticos y funcionarios. ¿Cuántas veces escuchamos a nuestros políticos y funcionarios decir que el Estado debe preocuparse del pueblo, que el Estado vela por el pueblo, por la gente? O el mismo concepto de servidor público. Los funcionarios del Estado son “servidores” y tienen “vocación de servicio”. Los valores que la Iglesia y las iglesias monopolizaban ahora son del Estado : la justicia, el bien, la verdad, la solidaridad, etc.

Dicho todo esto, alguno de ustedes podrá estar en contra de aquellos que creyeron durante siglos que Dios estaba detrás de reyes e imperios, pero tienen que aceptar que es igual de absurdo o más iluso aún, pensar que Dios está detrás de la burocracia del Estado moderno y los políticos que durante casi 200 años han controlado la vida de Occidente, por lo menos.

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Entonces, ¿cuál debe ser el lugar del ciudadano frente al Estado y sus políticos y funcionarios? ¿Entienden a dónde voy? ¿En qué sentido, uno debe “obedecer” a las autoridades cuando simplemente son parte de un Estado fallido, como el peruano? ¿Por qué obedecerlas cuando solo estamos asumiendo ilusamente y sin pruebas, las premisas tautológicas que les he planteado? Léanlas ustedes mismos y díganme si tienen sentido:

– El Estado debe ser justo porque eso es lo que debería ser.

– El Estado se preocupa por nosotros, porque esa debería ser su misión.

– El Estado sabe lo que es correcto, porque para eso existen.

La que se ha decretado a partir del 31 de enero es un excelente ejemplo de como el Estado usa su poder sin pensar en el ciudadano, y de como los ciudadanos hemos perdido la libertad frente a un ente cuasi religioso que puede hacer lo que le da la gana aunque no tenga la razón. Ya está dada la norma, toca ser críticos y esperar que esta vez el Estado no lo haga tan mal frente a las formales y los más pobres. Pero sigamos entrando al fondo del asunto, más de mediano y largo plazo.

Ayer escuché a muchos líderes, periodistas y ciudadanos amplificar el discurso repetitivo que confirma mi posición: “ya ven, es nuestra culpa, somos unos niños malos, ahí está pues, nuestro castigo, papá Estado nos tiene que ayudar ahora con mas bonos”. ¿Desde cuándo la culpa de los injustos debe ser el castigo de los justos? Ah, cierto, desde una perspectiva religiosa de la realidad en la que “justos pagan por pecadores”.

Es verdad, cientos de personas deben haber Estado en fiestas Covid y millones marcharon contra Merino. ¿La culpa es de las fiestas o las marchas? Da igual. Así la culpa sea de los marchantes o de los fiesteros, esto no es el salón de clase ni la Iglesia. Aquí no tienen por qué pagar justos por pecadores, y el Estado no puede sentirse capaz de hacer lo que quiere con nuestra libertad, aunque no tenga la razón de su parte.

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En conclusión: nuestro paternal Estado nos vuelve a dar una lección aplicando una medida, muy similar a la de marzo 2020, con pocos matices, pero además, sin haber hecho la tarea durante 10 meses. Aquí las pruebas:

1. Dice un gremio médico: “nos faltan 650 camas UCI”. ¿No pudieron poner esas 650 camas UCI en 11 meses? pasó de tener 11 camas UCI a 23 en 10 meses. Nosotros pasamos de 2 a 5.

2. “Debemos combatir las aglomeraciones y las fiestas”. ¿Entonces por qué no abres 24 horas los super mercados, 24 horas el transporte público, 24 horas los bancos, 24 horas todos los centros de abastecimiento y de compras? No, lo mejor es restringir las horas, te dicen.

3. “El Estado ahora debe tomar medidas económicas para ayudar a los pobres”. La gente aún está cobrando los primeros bonos haciendo colas en el Banco de la Nación.

Y podría seguir con más contradicciones, incoherencias y errores. El punto de mi reflexión es preguntarnos, ¿hasta cuándo vamos a obedecer a, y dejarnos representar por, un Estado que no funciona? ¿hasta cuándo vamos a guardar silencio cuando las medidas que toma carecen de matices, inteligencia, y no se fija en los detalles si no que mete a todos en un solo saco?

A esto se suma, lo que ustedes ya han leído varias veces en mis opiniones: un Estado al que no le interesa la inversión privada o simplemente no la entiende. Y muchos empresarios, cómplices de este Estado porque les va bien, no asumen una voz disonante (porque tiene que ser disonante para romper el status) por miedo a ser luego perseguidos. Entonces aquí mis dos conclusiones, lecciones o tareas para la casa, para mi trabajo, además.

Primera. Es cierto que ciudadanos y empresarios tenemos que ser mejores. Cómo no. Es evidente, nos toca serlo. Pero ser mejores y publicar que somos mejores a través de nuestros reportes de sostenibilidad y políticas de inclusión, género y no implica que dejemos que el Estado se vuelva un monstruo amorfo de 100 ojos abiertos para controlarnos y cerrados para hacer bien las cosas, que camina pisando todo lo bueno que hacemos. Necesitamos empresarios que hagan bien las cosas pero que enfrenten al Estado cara a cara y sin miedo.

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Segunda. ¿De qué sirve ser buenos empresarios y ciudadanos si no les enseñamos a nuestros hijos y trabajadores el valor de la libertad económica y la libertad de conciencia frente al Estado ? Hacer bien las cosas está bien, repito, pero tenemos que educar desde la escuela, la universidad, y la misma empresa a todos nuestros compatriotas en un hecho fundamental: nosotros somos más importantes que el Estado y nuestra libertad es más importante que la burocracia del Estado . En la medida en que empresarios y líderes no transmitamos 24/7 estas verdades a nuestros amigos, hijos, familiares y colaboradores, solo estamos siendo los esclavos de una casta burocrática y política que cada vez tiene más dinero, más poder y menos inteligencia.

Vuelvo al inicio. Obedecer implica escuchar, entender, creer y luego actuar. En quienes optaron por la vida religiosa, lo admiro. En los ciudadanos, depende. El Estado moderno no es Dios. Nuestros políticos no son dioses ni ángeles. Los ciudadanos debemos formarnos en la libertad, en la responsabilidad y en la libertad de conciencia. Debemos ser críticos frente al Estado y la autoridad. Pero esto no lo vamos a lograr si nuestro sistema educativo y el empresariado no se carga al hombro esta misión incómoda, disonante y radical.

Si no hacemos esto, nos vamos a convertir en un país de transeúntes informales, pobres, poco educados, en donde la elite escapará (tiene el dinero para hacerlo) o se convertirá en ese empresariado mercantilista (como ocurrió en Venezuela) que termina siendo amigo del régimen de turno, algo que seguramente ya pasa por la cabeza de muchos empresarios. Ojalá votemos bien, y elijamos a alguien que entienda el necesario balance que debe haber entre libertad y regulación, entre Estado e iniciativa privada, y que acepte la urgente necesidad de reformar ese mismo Estado fallido que gobernará y liderará 5 años.

Fuente: Gestión

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