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Más allá de los bonos verdes: finanzas sostenibles y resilientes

Pablo Cortínez
(Foto: La Voz)

Por: Pablo Cortínez (Economista de la Fundación Vida Silvestre) 

Durante la crisis subprime, resultaba ilógico esperar que fuera el sector financiero privado quien brindara soluciones a aquel descalabro financiero internacional, pues su génesis tuvo a ese sector como protagonista principal. En aquella oportunidad, fueron en realidad los gobiernos y los bancos centrales de los países más poderosos quienes actuaron de manera coordinada guiando hacia el final de aquel túnel.

La pandemia hizo que las políticas fiscales y monetarias de la mayoría de los países del mundo entero se adaptaran a una nueva normalidad difícil de etiquetar. Paquetes de estímulo y medidas financieras sin precedentes fueron la respuesta de gobiernos y bancos centrales. La actuó acorde a su tamaño y fortaleza a través de un fondo específico por 750.000 millones de euros, equivalentes a la suma de los PIB de Argentina y . Un programa de esa dimensión se encuadra en una política cuyo roadmap condujo a esa región incluso a contar con su taxonomía en materia de finanzas sostenibles. La teoría de cambio subyacente fue rápida y convenientemente adaptada bajo la premisa de que, si el norte era “verde” pre-COVID19, la recuperación también debe ser de ese color. La efectiva implementación dará el veredicto final.

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La gravedad de esta crisis inédita parece dar razón a la frase “hacer todo lo que se deba, aunque después se deba todo lo que se hace”, si bien es preciso contar con una estrategia de salida.

Al margen de las especulaciones respecto de cuál de las letras del abecedario será la que mejor describa la ansiada recuperación, la Unión Europea (UE) aspira a que sea en forma de “V”, por más de una razón. La UE ya se había comprometido a ser carbono neutral (2050), junto a 19 países y un número creciente de empresas.

Previo a la irrupción del coronavirus, la situación de en general distaba de ser ideal, si bien el volumen de créditos continuó creciendo. A la repentina paralización de actividades, debe sumarse el típico flight to quality que sufren nuestros países durante crisis globales, que en esta oportunidad se potenció. Los flujos acumulados de salida de capitales de mercados emergentes ocasionados por la actual pandemia, superan en un 60% la corrida de 2008.

Sin embargo, la salud de los mercados financieros de la región es muy superior a aquélla de más de una década atrás. El indicador de solidez para 2019 duplica el mínimo sugerido por Basilea.

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Esta situación puede significar una oportunidad para que el sector financiero, blended finance mediante, junto con gobiernos, la banca de desarrollo y los organismos multilaterales de crédito, contribuya a la reconstrucción sostenible de los tejidos sociales y productivos. Los inversores institucionales pueden tener un rol clave. Muestra de que esto ya está sucediendo en el plano internacional es el notable crecimiento durante 2020 de los bonos sociales y sostenibles. Crecen a un ritmo similar al que lo hacen los , la estrella de las finanzas sostenibles. Los dos primeros, comparados con el total de los tres tipos de bonos, habían representado sólo 17% en 2018, y habían trepado al 26% el año pasado. El primer semestre de 2020 muestra un share superior al 45%. La irrupción de la pandemia provocó un boom de bonos que pueden ser destinados a una serie de sub-sectores sociales, incluyendo salud, vivienda e infraestructura básicas, empleo, género y poblaciones/comunidades desatendidas y/o vulnerables. Algunos bonos han sido llamados “corona bonds”. Salvando las diferencias, así como el Acuerdo de Paris motivó un rally de emisión de al año siguiente a su firma, el coronavirus tuvo un efecto análogo en 2020 con los bonos sociales, acaso un reflejo de que el sector financiero también puede ser resiliente.

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En el plano local, se cumple un año del lanzamiento de una iniciativa voluntaria que actualmente acompañan 21bancos cuyo market share conjunto asciende a un 80%. Para su diseño, analizamos otras experiencias de la región que, por lo general, han sido llamados Protocolos Verdes, por priorizar el aspecto ambiental.

El Protocolo de Finanzas Sostenibles de Argentina focaliza tanto en aspectos ambientales, como sociales y de gobernanza (ESG, según sus siglas en inglés), constituyendo una vía para canalizar necesidades financieras que permitan una transición justa hacia una nueva realidad que tenga triple impacto, y en línea con los bonos mencionados.

Despejado un frente externo al haber sido reestructurada la deuda con acreedores privados, y aun a sabiendas de que es condición necesaria pero no suficiente, el Protocolo puede constituirse en una plataforma para que el sector financiero contribuya para que la recuperación sea lo más verde posible.

Fuente: Infobae

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