Litigar a lo Hemingway

 

Pablo Sánchez

Por *

Siempre he pensado que los abogados tenemos un termostato jurídico. Si una demanda tiene, por decir, tres páginas, inmediatamente pensamos que algo falta. A quien nos da una demanda así no lo felicitamos por su capacidad de síntesis. No. Jamás. Lo primero que pensamos, o al menos eso es lo que yo pienso, es que algo falta. Que está incompleta. Que no es por juzgar ni ser prejuiciosos, pero vamos, en tres páginas, ¿Qué tanto se puede decir?

Lo más paradójico es que pensamos lo mismo si nos llega una demanda muy larga. Con doscientas páginas pasamos al otro extremo. En vez de pensar que seguramente es un escrito muy rico en detalles, que probablemente se trata de una novela de Stephen King pero inspirada en hechos reales, lo que pensamos es que allí está, otro bodrio inleíble y repetitivo.  ¿Cómo una demanda puede tener quinientas páginas? ¿Acaso es justo que una demanda tenga más páginas que el entero?

En ambos casos, lo que actúa es nuestro termostato jurídico. Si un escrito está fuera del rango (digamos, 15-50 páginas), leemos con recelo y desconfianza. Lo más curioso es que también nosotros mismos somos víctimas. Todos, todos decimos a vox populi que la cantidad de páginas no importan, que calidad y cantidad no son iguales, pero, cuando estamos escribiendo una demanda, cuando somos nosotros los escritores, lo primero que hacemos al finalizar es ver la parte inferior del Word. ¿Acaso no acabamos de decir que las páginas no importan? Por favor, ¡claro que nos importan! Si no, ¿Por qué vemos y vemos nuestro editor hasta que, alcanzada cierta verborrea, suspiramos satisfechos hacia dentro mientras pensamos “sí, ahora sí está bien, esta cantidad de páginas sí es suficiente”?

La consecuencia de esto es que todos los abogados somos aburridos y escribimos muy mal. A casi ninguno lo recuerdan como un gran escritor. Los recuerdan por su oratoria, su sagacidad, sus contactos, pero nunca por sus dotes literarias. Achaco la culpa a los termostatos jurídicos. Como no somos conscientes de ellos, nos impiden ver lo realmente importante al momento de escribir: los hechos. Obnubilados por nuestro patrón interno, terminamos o extendiendo lo muy corto (lo más frecuente) o podando lo muy largo (casi nunca veo esto, pero debo decir, en honor a algunos pocos abogados que se esfuerzan en decir mucho en poco, que esto también ocurre). Es como la cama de Procusto, pero en vez de mutilar a viajeros solitarios, mutilamos clientes[1].

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Por eso quisiera compartir con ustedes una gran, gran frase de Hemingway. Aunque bueno, no es solo una frase. Es su secreto. Cuándo le preguntaron cuál era el tip maestro para contar las mejores historias, se limitó a decir, con esa brevedad e hiperrealismo que siempre lo caracterizó: “Escribir bien es sencillo. Todo se trata de sinceridad. Cuando me siento a escribir, trato de escribir la frase más sincera que puedo.”

Debo confesar que encuentro a esta frase como el epílogo del abogado ideal: aquél cuyas afirmaciones nadie pueda destruir. ¿Qué pasaría si todos, en adelante, tratáramos de escribir así? ¿Qué pasaría si, en vez de preocuparnos por la extensión, nos comenzamos a preocupar por la sinceridad de nuestras afirmaciones? Una consecuencia sí es segura. Todos seríamos mejores abogados. Nadie le cree a mentirosos o contradictorios. Si lo dudas, recuerda el caso de O.J Simpson (y si no lo conoces, anda ya y ve la serie resumen que está en Netflix, que es una obra maestra). Shapiro, Cochran y cía no ganaron porque su cliente fuese inocente. Ganaron porque su afirmación principal era sincera. Esos guantes no son míos.

 

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Alegato final, caso O.J. Simpson:


(*)Abogado. MBA. Maestría en y Comercial. Profesor de Economía Política y Análisis Económico del Derecho. Autor del libro “Justicia a la venta, ¿Cuánto cuesta un juez en el mundo?”. Actualmente vive en y trabaja en el estudio Ghersi Abogados.

[1] Wikipedia: Procusto tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde, mientras el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama, procedía a serrar las partes del cuerpo que sobresalían: los pies y las manos o la cabeza. Si, por el contrario, era de menor longitud que la cama, lo descoyuntaba a martillazos hasta estirarlo (de aquí viene su nombre). Según otras versiones, nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama porque Procusto poseía dos, una muy larga y otra demasiado corta, o bien una de longitud ajustable.

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Procusto continuó con su reinado de terror hasta que se encontró con el héroe Teseo, quien invirtió el juego, retando a Procusto a comprobar si su propio cuerpo encajaba con el tamaño de la cama. Cuando el posadero se hubo tumbado, Teseo lo amordazó y ató a la cama y, allí, lo torturó para «ajustarlo» como él hacía a los viajeros, cortándole a hachazos los pies y la cabeza. Matar a Procusto fue la última aventura de Teseo en su viaje desde Trecén (su aldea natal del Peloponeso) hasta Atenas.

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