La importancia de la ciencia para el Estado

Óscar Alberto Uribe Amorós

Por: Óscar Alberto Uribe Amorós, profesor de Derecho Civil e Historia General del Derecho.

Permite seguir aprendiendo sobre la pandemia del covid-19, incluyendo en ellas brotes o sucesos médicos de diverso tipo, los cuales son inevitables si seguimos atentando contra el medioambiente y afectando la vida salvaje.

Hace menos de 15 días comenzó en el Perú el invierno y junto a él, en un entorno de regreso a las escuelas, centros de estudios y/o trabajo, como no podría ser de otra manera. Como consecuencia de estar en espacios cerrados (por el frío) existe una mayor propensión a tener agrupados a muchas personas en lugares pequeños, o empezar a cerrar las ventanas y no dejar que el aire circule, lo que es un campo fértil para la propagación de todo tipo de enfermedades respiratorias, incluyendo el covid-19. Con lo que se sabe hoy de la enfermedad, ya no puede estigmatizarse a un contagiado del covid-19, puesto que enfermarse de ello, fortuitamente, nos pasará a todos.

 

Hoy, el Ministerio de Salud (Minsa) recomienda el retorno de las mascarillas en lugares públicos, lo cual no solo ayuda al combate contra la pandemia, que detuvo el mundo, sino también contra todo tipo de infecciones respiratorias. Obviamente, esto se debe sumar al lavado frecuente y correcto de las manos y quitarnos, progresivamente, el hábito de tocarnos el rostro, que en promedio sucede 20 veces en una hora, para, dice la ciencia, procurar calmarnos o relajarnos.

Nadie ha investigado suficiente cuáles son los problemas del uso reiterado de la mascarilla, pero es evidente que usarlo resulta mucho más beneficioso que no hacerlo. Lo mismo sucede con las vacunas, tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como los creadores de vacunas, sin importar su nacionalidad u origen, no han publicitado su real eficacia, luego de un protocolo completo de vacunación (de 1 o 2 dosis y el refuerzo), lo que ha motivado que los organismos de salud, como la OMS, recomienden prudencia en la aplicación de la cuarta dosis (segundo refuerzo), lo que no quiere decir que sea ineficaz, sino que no hay suficientes estudios e información sobre este específico ítem; esto es, sobre la cuarta dosis, con relación a personas menores a los 50/60 años o que gocen, dentro de todo, de una buena salud y de un buen sistema inmunológico.

¿Cada cuánto tiempo debo vacunarme?, ¿seis meses después de la dosis de refuerzo, un año? Nadie lo sabe con exactitud, pero la ciencia está investigando y estudiando estos casos y, esperemos que pronto tengamos respuestas más claras; es más, son los laboratorios creadores de las vacunas los llamados, en primer lugar, a realizar las investigaciones y estudios y, luego de que estos arrojen una conclusión, hacerlos público, para el conocimiento (y cotejo) de la comunidad científica y de todas las personas del globo terráqueo.

Pero esta labor de indagación, como es evidente, no solo reside en ellas, sino en el propio Estado. Lo mismo sucede, y se aplica, con el caso de vacunación de los niños, puesto que no existen datos certeros que indiquen que ellos (los niños) deban ser vacunados, salvo que adolezcan de algún problema de salud que exponga su vida.

Un niño sano debería afrontar, positivamente, este virus que se está convirtiendo, según parece, en un nuevo tipo de enfermedad respiratoria. Sabemos que la cuarta dosis es positiva, porcentualmente, para aquellas personas, adultas mayores de 50/60 años o que adolecen de alguna comorbilidad, o tienen el sistema inmunológico deprimido o comprometido, como lo ha dejado claramente sentado la nota técnica Covid-19 N° 016-2022, emitida por la unidad de análisis y generación de evidencias en salud pública del Instituto Nacional de Salud del Perú, de marzo del 2022.

Siendo esto así, es fácil comprender que la aplicación de la cuarta dosis, en personas adultas mayores (50/60 años a más) o personas vulnerables y hasta –suponemos– en personas con posibilidad de alta exposición, como lo es el valiente equipo de salud (médicos, enfermeras y técnicos) y el personal de seguridad del Estado (policía), era, es y será siempre necesario, pero para los demás grupos etarios todavía no se tiene suficiente información, más que todo porque todas las vacunas se desarrollaron a partir de la variante de Wuhan (y eso nadie lo niega), esto es, del análisis de la proteína S (espiga / dominio de unión al receptor), pero el virus ha cambiado mucho, luego de más de dos años. Lo mismo sucede con el mal denominado “viruela del mono”, que ha sido empleado por la prensa mediocre y alarmista, para insertar –nuevamente– el miedo en la población.

Siguiendo fuentes científicas de credibilidad, la viruela del mono no es “del mono” sino de los roedores, ardillas y demás especies similares, que se conoce, académicamente, desde la década del 60 (sí, 1960) y que no representa (en principio) ningún peligro inminente para la población local o global; es verdad que en el Perú tenemos, a la fecha, quince personas que –lamentablemente –están infectadas, pero ninguna ha muerto, sino que, por el contrario, todas (sin excepción), hasta donde sabemos, están siendo monitoreadas por la autoridad de salud, que es lo correcto. Eso, y no otra cosa, es lo que se debe hacer.

Lo prudente, dice la ciencia, es aislar a las personas y controlar la evolución de su enfermedad, en el domicilio de cada uno de los pacientes; esto es, hacer seguimiento médico de los infectados, en sus residencias, en una cuarentena que debe durar hasta 21 días.

En ningún caso debe ser tratado o llevado a un hospital, puesto que existe riesgo de dispersión del virus, ya que esta enfermedad se contrae por contacto con material infectado con el virus. Si llevas a un paciente enfermo con el virus a un centro hospitalario que, a su vez, tiene otros pacientes con sistemas inmunológicos afectados, tendrás un caos médico asegurado.

Por lo demás, la mortalidad, en lo que va de los casos en el Perú, es nula, puesto que, también, hasta lo que se sabe, el único paciente que está pasando un mal momento, lo está no por la viruela contraída, sino por una comorbilidad que le antecede.

Gracias a la ciencia, responsable e inteligente, seguiremos aprendiendo sobre esta pandemia del covid-19, que –eventualmente– acabará y las que vendrán, incluyendo en ellas brotes o sucesos médicos de diverso tipo, los cuales son inevitables sí seguimos atentando contra el medioambiente y nos seguimos entrometiendo en la vida salvaje, esto es, afectando la naturaleza, por ejemplo, consumiendo –por las razones que sea– animales que no son aptos para el consumo humano.

También es verdad que hay lecciones que, a escala global, incluso en esta situación trágica, no hemos aprendido, como la solidaridad mundial, en el caso de las vacunas o siquiera regional, ante una crisis sanitaria, pero creo que estamos encaminados a abrir nuevos senderos, nuevas alternativas, sobre la base de políticas claras y precisas que deben partir del liderazgo que ejercen las autoridades en salud, basado en la ciencia.

No se puede subestimar ningún suceso médico, como los narrados, pero tampoco se debe atemorizar –innecesariamente– a la población, se debe investigar y estudiar todo fenómeno que acontezca en la sociedad para luego brindarle la mejor información, que debe estar a cargo de los organismos idóneos del Estado, basado en el interés público que generará el contenido, y así, a mayor información, mayor también será el nivel de conocimiento de la comunidad y más activa y positiva su actitud hacia los protocolos correctos

Fuente: Jurídica (El Peruano)

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